viernes, 8 de agosto de 2014
Los 80 años de Tino
Hay personas que por más que mueran siguen cumpliendo años, y es lógico felicitarles aunque ya no estén. Simplemente mirar al cielo o cerrar los ojos nos sirven para recordar a las personas que siguen a nuestro lado pero de otra manera.
Hoy día 8 de agosto, mi abuelo Tino cumpliría 80 años y yo daría probablemente todo el dinero del mundo para poder pasar este día junto a él. Sin embargo, me tengo que conformar con poder recordarle y hoy más si cabe, homenajearle una vez más.
Mi abuelo es mi ejemplo de mi vida, una persona que siempre hizo el bien, que nunca dejó de ayudar a los demás, aún habiendo personas que le hacían el mal. Siempre una sonrisa en la boca, aguantaba todo el dolor que probablemente podría llegar a tener por dentro.
Por lo tanto, él es y será mi héroe, y creo que los abuelos deben ser el referente de muchos jóvenes, aunque algunos les traten de "viejos" y no les hagan mucho caso a la hora de contar "batallitas". Pero todo ello es experiencia y sabiduría, que las trasladamos a nuestra vida diaria...
A veces lo que pienso de él cuando cierro los ojos no puedo plasmarlo en un papel...
Y éste es el caso...
jueves, 31 de julio de 2014
100 años de la muerte de Jean Jaurés
Tan grave como la situación internacional al igual que la
probable e inminente guerra, ha sido el crimen atroz de esta noche en París del
que yo fui testigo ocular. Es imposible que alguien que conociese a Jean Jaurés
no pudiera quererle. Yo estaba cenando tranquilamente con un familiar y un amigo
en el Café Du Croissant en la Rue Montmatre cerca de muchas oficinas de
periódicos, incluyendo la de L’Humanité. Jean Jaurés también estaba cenando en el lugar con algunos diputados socialistas y miembros de L’Humanité. Llegó más
tarde que nosotros. Hablé con él sobre las perspectivas de guerra y de paz.
Como todo el mundo, temía que la guerra era llegase, pero todavía quedaba un
poco de fe de que Sir Edward Grey pudiera tener éxito en la conciliación alemana.
Pensó que si el gobierno francés hacía presión sobre Rusia y el gobierno alemán
en Austria, el acuerdo podría llegar. Añadió, sin embargo, que temía que el
gobierno francés no pudiera hacerlo. Las últimas palabras que me dijo fueron
acerca de Anatole France, el cual debería estar muy afligido por la situación.
A eso de las nueve y media, cuando estábamos terminando de
cenar, dos disparos resonaron en el restaurante. Al principio no entendía lo
que había sucedido, y por un momento pensé que había un tiroteo en la calle.
Entonces vimos que Jaurés estaba tirado en el banco donde estaba sentado y los
gritos de las mujeres que estaban presentes nos alertaron del asesinato. Cabe
aclarar que el señor Jaurés y sus amigos estaban sentados en un banco de
espaldas a la ventana abierta del restaurante y los disparos provenían desde la
calle. Jaurés recibió un tiro en la cabeza y un cirujano tuvo que llegar a toda
prisa pero no pudo hacer nada. Jean Jaurés moría unos minutos después de
cometer el crimen. Mientras tanto el asesino había sido capturado y entregado a
la policía, que tuvo que protegerlo de la multitud que se había reunido con
rapidez en la calle. A esa hora de la tarde la calle Montmartre estaba llena de
voceadores en espera de las últimas ediciones de los periódicos de la tarde. Se
dice que el asesino es un miembro de la Real Sociedad de Acción Francesa, pero
aún no he sido capaz de descubrir si este informe es verdad o no. Un asesinato
más a sangre fría y cobarde que nunca se debió cometer. La escena en el
restaurante fue desgarradora, muchos hombres y mujeres se encontraban llorando
y su dolor era terrible de ver. Todavía es demasiado pronto para decir cuál es
el efecto de la muerte, pero puede ser considerable. Jean Jaurés ha muerto
víctima de la búsqueda de la paz para la humanidad.
En cualquier caso, los chovinistas franceses y los
reaccionarios no pueden eludir una gran parte responsabilidad de este
asesinato. Durante años, sus órganos en la prensa han venido denunciando a
Jaurés como un traidor vendido a Alemania y el lenguaje utilizado por Acción
Francesa ha sido una incitación directa a su asesinato. He conocido a Jaurés
bien y un hombre con tan gran corazón no he conocido nunca en mi vida. Él estaba
libre de vanidad y ambición personal, entregó toda su vida al
socialismo y a la paz. Su muerte es una pérdida terrible e irremplazable para
el Partido Socialista en Francia. El gobierno proclama el luto nacional por la
muerte de Jean Jaurés y pide a la población mantener la calma. Un registro se
ha abierto en las oficinas de L’Humanité con el fin de que las personas puedan
expresar sus condolencias. Cientos de personas se encuentran fuera de la
oficina a la espera de poder entrar.
jueves, 14 de noviembre de 2013
¡Ayudadme, estoy secuestrado en Qatar!
Esta es la carta que Zahir Belounis, jugador francés, ha enviado a Zinedine Zidane y a Pep Guardiola para que le saquen del país asiático.
Me llamo Zahir
Belounis, futbolista profesional francés. Tras una discusión con mi club en
Qatar, se me ha impedido regresar a Francia. No he vuelto a ver a mi familia
desde junio de 2012 porque mi empresa no me quiere dar el visado de salida
necesario para abandonar el país. Es un documento especial que sólo existe en
este país y en Arabia Saudí. Yo no soy el único que está en esta situación.
Muchos trabajadores que van a construir los estadios de la Copa del Mundo de
2022, sufren el riesgo de encontrarse en la misma situación que yo. Cuando me han sugerido de escribirles, he
pensado que ustedes han sido grandes futbolistas pero que también son grandes
hombres, por lo que les pido que puedan intervenir o al menos intentarlo, para
que las cosas se desbloqueen. Sé que están muy solicitados pero les pido por
favor que me ayuden, estoy siendo una víctima.
Sé que son los
embajadores de la Copa del Mundo de Qatar 2022. Lo han hecho con buenas intenciones,
pero la realidad es que si Qatar no pone fin a su sistema de “visado de
salida”, entonces habrá cientos, o incluso miles de personas que estarán
atrapados aquí. Antes que mis problemas comenzasen, era un hombre feliz en
Doha, mis dos hijas han nacido aquí y sé que muchos qataríes trabajan duro para
que esta Copa del Mundo sea inolvidable, y lo será, estoy seguro.
Oriente Medio
merece organizar este evento planetario, ya que será un medio excepcional de poder
reunir a los hombres en un momento de hermandad entre todas las naciones. Por
el contrario, a pesar de todas las buenas cosas que podría decir sobre este
país que quiere emprender grandes proyectos, yo estoy viviendo una pesadilla desde
hace meses a causa del "dukafala system", este sistema me está matando poco a
poco y otros corren el riesgo de vivir la misma situación. He tenido la ocasión
de comentarlo porque estoy viviéndolo desde dentro, por lo tanto, yo sabía que
tenía esta ocasión para exigir un cambio por un mundo mejor.
miércoles, 23 de octubre de 2013
El papa futbolero
Para algunos el fútbol se
convierte en pura religión. Rituales estereotipados, encomendaciones a santos
impronunciables, equiparaciones de estadios con catedrales…Para un niño
argentino de nueve años, el fútbol es pura diversión.
Los domingos, cuando todos se
preparaban para ir a misa como buenos cristianos, yo, como buen argentino, agarraba
mi remera blaugrana del San Lorenzo y me dirigía hacia el Gasómetro acompañado
de mi abuelo, que poca fe me promulgaba.
Para mí, el Gasómetro era un
templo. Un estadio donde cabían cincuenta mil almas cantando a coro por un
mismo objetivo, la victoria de su equipo. Mi abuelo y yo nos sentábamos en la
tribuna central, bastante alejados de las “barras bravas”, que por aquel
entonces apenas tenían ni voz ni voto.
Él se encendía su buen habano, sin consentimiento de mi abuela, que le
había prohibido fumar. Yo le miraba y sonreía, mientras me conformaba con
mascar un palo de regaliz.
El fútbol era mi vida. Veía a
los jugadores como auténticos dioses y siempre soñaba con llegar a ser uno de
ellos. Recuerdo a René Pontoni, mítico delantero de aquel San Lorenzo campeón
del Apertura en 1946. Era un delantero rápido, astuto, con muy buen juego
aéreo. Jamás se me olvidará el día que conseguimos nuestro tercer título, fue
ante Racing de Avellaneda.
Último partido de la
temporada, esta vez, toda mi familia pecó y sustituyeron la misa por el fútbol.
El estadio lleno hasta la bandera, mi abuela rezando un rosario, mi abuelo
mordiéndose las uñas porque no podía fumar y mis padres vigilándome para que no
me perdiera entre la multitud.
Necesitábamos marcar cinco
goles a Racing para proclamarnos campeones. No iba a ser tarea fácil, al
descanso íbamos cero a cero. La
desesperación me empezaba a crear angustia, decidí entonces hablar con Dios y
pedirle encarecidamente que consiguiésemos esos cinco goles.
A la reanudación, no lo
podían ver mis ojos, dos goles en apenas cinco minutos, el milagro podía
lograrse. Pasaron los minutos y en el setenta llegaría el tercero y diez más
tarde el cuarto. Yo estaba mirando al cielo, sabía que Dios nos estaba echando
una mano. Llegó el minuto noventa y Pontoni, marcó el quinto con un cabezazo
espléndido. Me levanté de mi asiento y grité: ¡Gracias Dios!
A día de hoy, en El Vaticano,
todavía cuento aquella anécdota que me llevó a alcanzar la fe.
viernes, 27 de septiembre de 2013
Los Soldados Negros de Francia
Durante la Segunda Guerra Mundial, la supervivencia del ejército francés estuvo muy ligada a la presencia en sus filas de soldados procedentes de sus colonias. Cerca de 180.000 senegaleses lucharon y dieron su vida por Francia, además de una multitud de árabes. Los “tirailleurs”, como se conocía a los soldados venidos de todo el África Negra, defendieron al país galo como si de su propia patria se tratase. Sin embargo, el ejército francés no supo recompensar la labor de estos combatientes.
El 1 de diciembre de 1944 en la localidad senegalesa de Thiaroye, gendarmes franceses dispararon sobre un grupo de “tirailleurs”, quienes se manifestaban reclamando el pago al ejército galo por su labor en la contienda. El resultado fue de 35 senegaleses muertos y 34 fueron enviados a prisión. Hoy en día este hecho, se conoce como la Masacre de Thiaroye.
Si nos trasladamos al fútbol, 13 años antes, el 15 de febrero de 1931, sería precisamente un senegalés Raoul Diagne, quien se convirtiese en el primer jugador de color en jugar un partido con la selección francesa. Fue frente a Checoslovaquia en partido amistoso, demostrando unas enormes cualidades, consolidándose en el eje de la zaga francesa e incluso llegando a jugar de portero en varias ocasiones. Nacido en la Guyana Francesa y de padre senegalés, fue internacional un total de 18 veces con el combinado tricolor.
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| Raoul Diagne, primer jugador negro en jugar con Francia |
Diagne fue el pionero, pero a esta larga lista de jugadores de color, empezaron a añadirse numerosos nombres ilustres: Larbi Ben Barek (Marruecos), Xercès Louis (Martiníca), Marius Trésor (Guadalupe), Jean Tigana (Mali), Basile Boli (Costa de Marfil), Jocelyn Angloma y Lilian Thuram (Guadalupe), Christian Karembeu (Nueva Caledonia), Marcel Desailly (Ghana) etc. Sin embargo, el “boom” de estos jugadores fue sobre mediados de los 90, cuando en el once inicial de Francia había más jugadores de color que blancos.
No obstante, ya no eran solo jugadores “negros”, sino que a estos habría que añadirles los magrebíes. Fue el 4 de junio de 1924, cuando Pierre Chesneau argelino de nacimiento, era seleccionado con “Les Bleus” en los Juegos Olímpicos de París.
El camino de los jugadores magrebíes y de África del Norte viene establecido por la época colonial. Entre los años 20 y 30, la selección francesa se nutría de argelinos europeizados, es decir, nacidos en Argelia pero de padres franceses. Con la presencia de Ben Barek en el once inicial desde 1938 hasta 1954, el Magreb vivió su época gloriosa. Tanto europeizados como no, convivían en armonía: Kader Firoud, Rachid Mekhloufi, Just Fontaine, Marcel Salva, eran algunos de los once magrebíes que desde 1945 hasta 1962 formaron parte del combinado galo.
Sin embargo, el fin de la época colonial supuso un punto de inflexión. Ningún jugador magrebí fue llamado por la selección entre 1962 y 1976. En la década de los 70, únicamente dos jugadores, Farés Bousdira y Omar Sahnoun jugaron en algún que otro partido sin importancia. Fue ya en la década de los 90 cuando regresaron los magrebíes liderados por William Ayache, para años más tarde abrir paso al mejor jugador de origen magrebí de todos los tiempos, Zinedine Zidane. Hoy en día continúan esta saga los Benzema, Nasri, Ben Arfa y compañía.
A priori, la presencia de tanto jugador extranjero, no debería suscitar ningún problema en una sociedad catalogada como la creadora de los Derechos Humanos. Sin embargo, puede escocer entre la población gala que selecciones como Alemania o España, tengan grandes jugadores en sus filas naturales de su propio país. En Francia el sentimiento patrio es muy elevado, por lo que se llega a creer que la presencia de jugadores de color en la selección, no representa el país.
Es curioso que los medios de comunicación galos, giren como veletas respecto al tema xenófobo en su combinado. Los éxitos, como pueden ser el Mundial del 98’ o la Eurocopa del 2000, encumbraron a todos los jugadores, sean blancos o negros, más allá de la Torre Eiffel. Pero los fracasos de la selección, no olvidemos la eliminación en las primeras rondas en los Mundiales del 2002 y del 2010 o las clasificación previas un tanto sufridas (Gol con la mano de Henry frente a Irlanda), siempre toman un cierto cariz racista. Si las cosas las hacen bien, estos jugadores de color se consideran franceses de pura cepa, en cambio, al mínimo fallo, les vuelven a situar en el sitio de su procedencia colonial. Es curioso, que nadie criticaba el que hecho que Kopa fuera de origen polaco, o que Platini tuviera sangre italiana.
En definitiva e hilando con el comienzo del texto, los jugadores de color de la selección francesa son los “tirailleurs” del mundo del fútbol. Jugadores que se dejan el sudor en el campo y que quizás jamás serán recompensados como se merecen.
Jaime Bonnail @Jbonnail
viernes, 31 de mayo de 2013
Falcao y la limpiacristales
Parece descabellado pensar que cualquier persona se preste a que le limpien el cristal de su coche en un paso de peatones, como si de un cambio de neumáticos en la Fórmula 1 se tratase. En menos de un minuto, te lo dejan incluso más sucio de lo que ya lo tenías.
Hoy, caminando por La Castellana, la incredulidad no cabía en mí. A la altura del paso de peatones para acceder a la calle Raimundo Fernández Villaverde, en la estación de Nuevos Ministerios, pude observar algo que hacia tiempo no había visto. Una chica de etnia gitana limpiando el cristal de un coche, algo como digo inimaginable. Pero, no era un simple coche. Se trataba de un Porsche Panamera Turbo Techart de color blanco, matrícula 3797 HGX y conducido por Radamel Falcao.
El jugador del Atlético de Madrid reía a carcajada limpia en el interior de su vehículo, acompañado de su bella mujer. La limpiacristales frotaba y frotaba el cristal, para que quedara reluciente, pidiéndole incluso al colombiano que accionara el limpiaparabrisas.
Una vez terminado, el jugador sacó de su bolsillo unas cuantas monedas, probablemente pasaría de diez euros, se las dio gustosamente a la humilde trabajadora, aceleró y se perdió entre el tráfico. Su sonrisa corría de oreja a oreja, era la mayor propina que había recibido. Ante su asombro, me acerqué y le pregunté: "¿Sabes quien era ese chico?. La gitana me respondió: "No tengo ni idea".
Estuve un par de minutos explicándole que era jugador del Atlético de Madrid y que se iba a marchar a Francia para vivir una nueva aventura rodeado de muchos millones de euros. Ella únicamente le conocía de lo poco que había escuchado de la boca de la gente, jamás le había podido poner cara.
La gitana feliz con su propina, Falcao feliz con su nuevo contrato y yo ,entremedias, intentando comprender si el jugador es tan pesetero como algunos llegan a decir.
domingo, 26 de mayo de 2013
26 de Mayo de 1993. La historia del fútbol francés había comenzado.
22 de
mayo de 1993, 17 horas. 16 jugadores más el staff técnico emprenden su primer
viaje hacia Münich. Cuatro días faltan para la disputa de la final de la Liga
de Campeones. La gloria les esperaba.
| Didier Deschamps levanta el trofeo de campeones de Europa. Foto Uefa |
Durante
el camino hacia Alemania, la aspiración de lograr el ansiado título se trasladó
a lo celestial. En mitad del viaje y antes de cruzar la frontera, el autobús
marsellés hizo su primera parada en la basílica de Notre-Dame de la Garde. Allí,
Raymond Goethals, entrenador belga fallecido en 2004 a los 83 años, cogió su mechero y encendió una vela. Sus pupilos, tomaron ejemplo e hicieron lo
propio. El deseo, ganar la Liga de Campeones.
Dos
años después de la gran decepción de Bari, el Olympique y sus seguidores tenían
de nuevo una cita con la historia Europea. El 29 de mayo de 1991, l’OM caía
contra el Estrella Roja de Belgrado en los penaltis, en una final en la que
partían como los grandes favoritos. Además de esta derrota, había que sumar cinco
finales europeas en las que no se consiguió la victoria. Éste era el balance de
los equipos franceses en las competiciones europeas: Stade Reims (1956 y 1959,
Copa de Europa) Saint-Etienne (1976, Copa de Europa), Bastia (1978, Copa de la
Uefa) y Monaco (1992, Recopa).
El
presidente, Bernard Tapie, eligió el Hotel Bachmair en Rottach-Egern para
concentrarse. Una gran finca situada en los pies de los Alpes a 60 km de
Munich. Rudi Völler quien ya había estado allí con la selección alemana,
convenció a Tapie rápidamente. Era el sitio ideal para preparar el encuentro
debido a su tranquilidad. El excéntrico presidente asumía su culpabilidad de
caer en la final de Bari. El hermetismo con el que se fraguó la previa del
partido del 91 se cambió radicalmente. En Múnich, se concentraron también las
mujeres, y los periodistas eran partícipes en todo momento de los eventos del
club.
El día
20 de mayo, a seis días de la final, l’OM disputaba el partido adelantado de la
jornada 36 de Le Championnat en Valenciennes. En el descanso, el conjunto
local optó por sacar a los suplentes. Se comentaba que tres de sus
jugadores: Jacques Glassmann, Jorge Burruchaga y Christophe Robert, habían
“hablado” con Jean-Jacques Eydelie, centrocampista del OM, por órdenes de
Jean-Pierre Bernés, director general del club y brazo derecho de Tapie. El
objetivo, que ellos levantasen el pie a cambio de una jugosa suma de dinero.
Fue Glassmann, quien informó a sus dirigentes de la tentativa de soborno,
reiterando sus acusaciones delante de la prensa a la salida del encuentro. Tras
el 0-1 conseguido por el Marsella ninguno de los jugadores daba credibilidad a las
acusaciones vertidas.
Raymond
Goethals era un tipo muy metódico. Le gustaba estructurar todas las
informaciones en su cabeza. Sin embargo, navegaba entre las órdenes de Tapie y
la confianza en sus jugadores. Según comentaba Rudi Völler, era un auténtico
espectáculo. “Comenzaba a fumar a las ocho de la mañana. Bebía su café mientras
sostenía su cigarrillo, pero era un gran hombre, muy experimentado”. Alen
Boksic, delantero croata, podía ser llamado con cinco o seis nombres distintos.
“No vamos a ganar una Champions League con Bosique”, exclamaba Goethals. Pero,
Boksic se sentía confiado a su lado. “Cuando eras titular con un entrenador así,
te sentías el rey del mundo”.
La
temporada marsellesa fue bastante caótica. La marcha de Papin, Waddle y Mozer,
entre otros, supuso que el equipo anduviese tambaleándose al comienzo de la
temporada. El año anterior caerían eliminados por el Sparta Praga en octavos de
final de la Copa de Europa. Todos los comienzos de liga habían sido últimamente
muy complicados. No solían acabar la temporada con el entrenador con el que la
empezaban.
En
octubre de 1992, encadenarían dos derrotas consecutivas en Le Championnat,
frente a Bordeaux y Nantes, algo bastante inaudito. L’OM era solo quinto en la
clasificación y Jean Fernandez, entrenador por aquel entonces, duraría desde
Julio hasta Noviembre, cuando fue sustituido por Goethals. La derrota en
Nantes, supuso el punto de inflexión para que Tapie explotase.
Tras
este varapalo, se jugaban entrar en la ronda final de la Champions contra el
Dinamo de Bucarest. El día del partido, Tapie cogió a sus discípulos y les
reveló cómo llegar a ser campeón de Europa. Les explicó por qué eran los
mejores en su puesto y por qué no tenían
nada que envidiar a los jugadores de Milan o Barça. L’OM eliminó a los rumanos
(0-0, 2-0) obteniendo el pase a la ronda final.
El
primer partido de la liguilla de grupos se jugaba el 25 de noviembre en Ibrox
Park, frente al Glasgow Rangers. Los franceses consiguieron un empate a dos después
de haber remontado un 2-0 en contra, gracias al magnífico encuentro de la dupla
atacante Boksic-Voller.
Los
Marselleses validarían su billete para
la final gracias a una última victoria en la fase de grupos en Brujas, (1-0),
el 21 de abril. L’OM esperaba su objetivo, verse las caras con el Milan en la
final soñada. La primera versión de la Liga de Campeones hacía honor a su
nombre. Un solo equipo por país participaba y el número de jugadores extranjeros
todavía era limitado, la ley Bosman todavía no había hecho acto de presencia.
El
Olympique de Marsella solo podía contar con tres jugadores extranjeros: Alen
Boksic, Rudi Völler y Abedi Ayew, Pelé. Por el contrario el Milan, contaba con
Papin, Rijkaard y Van Basten, y el holandés Ruud Gullit, quien vería la final
en el palco. Sobre el papel, el Milan era claro favorito, pero ya estaban advertidos
del enorme potencial marsellés.
Los
milanistas después de pasar un periplo sin poder jugar competición europea
salieron fortalecidos. La negación a
terminar el partido precisamente frente al Marsella por un corte de luz en la
Copa de Europa de 1991, supuso una sanción de un año al club rossonero sin
poder jugar en Europa. Sin embargo, los hombres de Fabio Capello arrollaron en
el Calcio, con una marca de 58 partidos consecutivos sin conocer la derrota. En
la Champions, los resultados lo decían todo: 10 victorias en 10 partidos con 23
goles anotados y solo uno en contra. Gran culpable de todo esto fue Marco Van
Basten, quien en esta final jugaría su último partido como futbolista.
La
alineación marsellesa del 93 cambió drásticamente respecto a la del año
anterior. Bernand Casoni perdió la titularidad en el eje de la zaga, además del
brazalete de capitán, en detrimento de un joven de 24 años llamado Didier
Deschamps. En la portería Fabien Barthez relegó a Pascal Olmeta al banquillo. Y
en la delantera Rudi Völler y Alen Boksic harían olvidar a Jean-Pierre Papin.
El
croata no pudo jugar en 1991 por la ley extracomunitaria, pero el estar al lado
de JPP le hizo crecer como jugador. Al año siguiente acabaría siendo máximo
realizador de Le Championnat con 23 goles. La experiencia la pondría Rudi
Völler, el más viejo del lugar con 33 años y 47 goles en 90 partidos con la
selección alemana.
Los
marselleses llegaron una hora antes al encuentro, con una concentración
extraordinaria, apenas se escucharon un par de palabras en el autobús. El
Olímpico de Múnich cita de los juegos Olímpicos del 72 estaba lleno a rebosar.
23.500 aficionados marselleses se habían desplazado hasta Baviera. El viaje en
autobús más la entrada, costaba alrededor de 1.000 francos, es decir, unos 152
euros.
La
tensión crecía en el túnel de vestuarios. Los italianos eran incapaces de mirar
a los ojos a los jugadores marselleses. El rigor, la implicación y la
profesionalidad que les había inyectado Goethals asustaban a cualquier enemigo.
Kurt
Röthlisberger, el árbitro suizo del encuentro, daba el pitido inicial. En los
primeros diez segundos Di Meco cometía una falta sobre Donadoni. El italiano no
dudó en devolvérsela cinco minutos más tarde. En el centro del campo el capitán
del equipo, Didier Deschamps, deambulaba sin apenas partícipe del juego de su
equipo. Fabien Barthez se erigiría como uno de los grandes héroes de la noche.
Gracias a él, la historia pudo siguió el rumbo ideal. En el minuto 17 y en
cuarenta segundos, doble intervención del meta galo, ganándole el pulso a Marco
Van Basten y después a Massaro.
A la media
hora de juego, Eric Di Meco vería la primera cartulina amarilla del encuentro,
tras entrar con los dos pies por delante sobre Albertini. En el banquillo, el
fisio del equipo, Jacques Bailly, se encendía un cigarrillo. Sentado a la
izquierda de Goethals, Jean-Pierre Bernès, director general del OM se
comunicaba por walky-talky con Tapie, situado en la tribuna oficial.
Después
de cuarenta minutos de juego, Basile Boli, se queja airadamente de molestias en
la rodilla. Dice que no puede más, que
necesita el cambio. La información que llega al banquillo, es trasladada a la
tribuna. Tapie indica a Bernès que Boli permanezca en el campo hasta el
descanso, éste se lo transmite a Goethals, quien con el walkie-talkie abierto
critica las órdenes del presidente.
Transcurría
el minuto 44. En el costado derecho Maldini se lanza sobre Pelé y la pelota
sale del terreno de juego. Las protestas milanistas llegan al colegiado, las
imágenes indican que la pelota no había salido, pero el árbitro hace caso omiso
a las peticiones italianas. Abedi Pelé se prepara para sacar el primer córner
del partido para los franceses. El ghanés observa a Boli en el área cubierto
por Baresi y Rijkaard. El francés consigue zafarse de sus marcadores y remata
con la testa al fondo de las mallas. Rossi no puede hacer nada. Los aficionados
del OM explotan de júbilo en las gradas. En antena la voz del fútbol galo,
Thierry Roland, lo festeja “¡Extraordinario cabezazo de mi Basilou!”.
Quedaba
una dura segunda parte para el OM. El cansancio hacía mella en los jugadores.
En el lado milanista Donadoni es sustituido por Papin, quien se volvía a
encontrar con sus antiguos compañeros. Tres minutos más tarde en un choque
fortuito con Lentini, Angloma se fractura la tibia. El lateral es sustituido
por Jean-Phillipe Durand. En el minuto 79, el alemán Rudy Völler dejaba su
sitio al ex jugador del Sochaux Jean-Christophe Thomas. El Milan se iba
apagando. A falta de cinco minutos Eranio sustituía a Van Basten. El colegiado
pitó una última vez. Se acabó. Después de 38 años de espera, el Olympique de
Marsella daba a Francia su primera Copa de Europa de la historia.
L’OM se
marcha a festejar el título a su hotel. Sin embargo, lo que le esperaba en el
aeropuerto de Marignane era increíble. Tras la llegada quedaba el paseo
triunfal hacia el Vélodrome, donde les esperaban los aficionados.
Pero la
euforia no se iba a detener ahí. Dos días más tarde, el 29 de mayo, l’OM se
citaba con el PSG para ponerle colofón a su gran semana. Penúltima jornada de
liga. Los Marselleses si vencían podían ser campeones por quinta vez en su
historia. El ambiente hostil del Parc des Princes que vivieron en la ida no se
vivió en el Vélodrome, donde sí hubo una auténtica fiesta.
Se
adelantó el PSG con un gol de Guerin, pero Völler empataría al instante. Otra
vez, Boli de cabeza ponía por delante a su equipo, y Boksic a falta de quince
minutos para el final sentenciaría el choque. El júbilo era total. Sin embargo,
el viernes cuatro de junio, el presidente de la LNF, Noël Le Graët, denunciaba
a Eydelie como supuesto autor del soborno en el partido frente al Valenciennes.
Habíamos despertado del sueño.
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